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Fotografía de Román Porras
SALVAR LA PRIMAVERA
Está la ciudad que estalla de brotes
y tulipanes. Pero los ojos de los adultos
se cierran con el mismo sueño.
Despiértame de esta madrugada
que no se acaba nunca.
Habrá que correr delante,
arrancar para ellos las cortinas.
Los niños no se bastarán solos
para salvar la primavera.
ANA PÉREZ CAÑAMARES
(Alfabeto de cicatrices, Baile del Sol, 2010)
Está la ciudad que estalla de brotes
y tulipanes. Pero los ojos de los adultos
se cierran con el mismo sueño.
Despiértame de esta madrugada
que no se acaba nunca.
Habrá que correr delante,
arrancar para ellos las cortinas.
Los niños no se bastarán solos
para salvar la primavera.
ANA PÉREZ CAÑAMARES
(Alfabeto de cicatrices, Baile del Sol, 2010)
anapmares@gmail.com
LLUIS VIVES RESISTE

Fotografía de Román Porras
Valencia, seis de la tarde. Mientras me preparo para una jam poética,
una voz al otro lado del teléfono exclama, rota de rabia: “¿No has
visto lo que está pasando? hay diez detenidos, vuelven a cargar contra
los chavales del Lluís Vives”. De repente, no tenemos el cuerpo para
poesía ni para reír entre amigos, mientras las escenas de violencia
injustificada siguen multiplicándose en la pantalla del portátil.
Acudimos a la puerta del instituto. Cientos de personas suman sus
voces a las reivindicaciones de unos jóvenes que han sido apaleados como
escoria por ejercer uno de sus derechos en un país supuestamente
democrático, esto es, manifestar su disconformidad de forma pacífica
ante los abusivos recortes en un servicio tan básico como el de la
enseñanza. Paradójicamente, el Gobierno emplea miles de millones de
euros de nuestras arcas, esas mismas que dice estar en las últimas para
justificar sus recortes, en sacar a las calles a verdaderos ejércitos de
policía entrenados como perros de presa.
En la puerta del instituto una de las profesoras nos comenta
brevemente, entre lágrimas, cómo al acudir al centro a dar clase uno de
los policías, sin mediar palabra, la ha tirado al suelo entre insultos y
golpes, ante la incredulidad y estupor de la docente.
Sumamos nuestra rabia a la de los que, desde el miércoles pasado,
resisten el frío y el miedo con las entrañas encendidas de indignación,
ocupando la calle con sus gritos de protesta mientras algunos
conductores se alteran por no llegar a tiempo a sus hogares para ver
Sálvame o el informativo de turno, descreídos de que algo pueda ya
cambiarse, resignados a tragar cuanta basura que sea necesaria.
En esos momentos, sin provocación previa que lo justifique, una
veintena de agentes empieza a correr hacia el grupo de chavales,
disparando pelotas, golpeando con sus porras, dando patadas a diestro y
siniestro a todo el que está a su alcance. Acorralan a un joven de unos
diecisiete años y, entre tres agentes, muestras su valentía apaleándolo
hasta la saciedad, entre gritos ahogados de dolor y llantos de
desconsuelo; sus amigos poco o nada pueden hacer por él, salvo correr y
ponerse a cubierto.
Mientras tanto, una niña de quince años aproximadamente tiembla a mi
lado, sentada en el suelo y mirándose los zapatos, sin entender cómo
funciona este país, por qué les están machacando. Le han robado la
inocencia demasiado pronto, sus sueños se han transformado en
pesadillas, tal vez incapaz de tomar las riendas de un nuevo día con
alegría, con el odio inundando su cuerpo.
Pienso en la enorme lección que nos están dando con su resistencia,
iniciando un camino peligroso pero necesario, en el que deberíamos
retomar la conciencia de clase trabajadora de la que ya nadie se siente
parte integrante, desde la que fueron posibles grandes revoluciones
sociales en el pasado. Como un todo podemos hacer frente a la barbarie,
abandonando ese individualismo que impregna nuestros hogares, caminando
unidos, mirando hacia adelante.
No quiero que el día de mañana, en los ojos de mi hijo, la libertad sea sólo una palabra en los libros de texto.
Se lo debo.
Beatrice Borgia, 20 de Febrero de 2012